“Lugares que hablan”: Mucho más que solo viajes y comida

Marzo 15, 2018 |
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Últimamente la crítica que se le hace a los programas culturales de nuestra televisión es que solo se remiten a dos temáticas: Viajes y comida. El único que intentó hacer algo distinto fue “Aquí nos vemos” de TVN con un formato similar a las microcomunidades de “La comunidad del contenido” de TVU, sin embargo, solo duró un mes, no fue promocionado y terminó en la indiferencia y como una víctima más de la falta de confianza en el contenido por parte del canal estatal. Bueno, no esperemos algo bueno de Jaime de Aguirre, al que solo le falta hacer rémedos de “Manos al fuego” y “Fiebre de baile” con la plata de la capitalización, todo bajo el fin de instaurar el “piñerismo mediático” que tanto daño le hizo a nuestros medios.

Pero volvamos al tema en cuestión: Ante esta crítica por parte de la patria tevita, “Lugares que hablan” aceptó el desafío que significa adelantarse a los cambios y reinventarse. Porque esa es una de las grandes virtudes del equipo de Rosana Bontempi y que la diferencian de tanto productor chanta y perverso que no le importa que tenga un equipo mediocre con tal de que ganen aunque sea por la cuenta mínima.

No señores. Pancho Saavedra tomó el guante y aceptó el gran reto que significa renovarse aún cuando todavía está en la cumbre del éxito, algo doblemente arriesgado, pero a vista de los ratings, fue la decisión más acertada.

En el primer capítulo, el equipo viajó a los Campos de Hielo Sur entregándonos postales de ensueño del que es, sin duda, el lugar más alejado de nuestra patria. Si al fin y al cabo, de eso se tratan los “Lugares que hablan”, de conocer esos rincones y esa gente que vive alejada de la selva de cemento, pero que sin duda alguna, siente un gran orgullo por lo que es, donde creció y de donde viene. Y eso, en tiempos del “país de mierda reculiao” que tanto hablan los twitteros de izquierda, es doblemente importante, porque genera identidad de lo bueno que tiene Chile. Sin etiquetas ni ostentaciones de ningún tipo. Simplemente conocer el otro país.

Pero espérese, el rumbo de la reinvención de “Lugares que hablan” llegó en el capítulo de la semana pasada, donde en un viaje por el norte se mostraron no solo bellos paisajes, sino que se enseñó arqueología con un toque de historia de nuestros ancestros. ¡Bravo! ¡Historia de Chile en plena TV abierta! ¿No que eso es lo que esperaba el que quiere cultura en televisión? ¡El equipo de cultura de Canal 13 los complace! ¡Y vaya cómo lo hace!

Hace rato que “Lugares que hablan” dejó de ser solo viajes y comida, y se dispuso a ofrecer algo más que lo que para algunos es cotidiano en TV abierta. Por cierto, lamentable que los excelentes programas de Sol Leyton (“Adios Haiti” y un espacio del sábado cuyo nombre no recuerdo) hayan pasado desapercibido incluso por quienes se desviven pidiendo alternativas en la pequeña pantalla nacional. Lo cual demuestra que el televidente chileno solo se queda con lo malo.

“Ya, ¿pero tú también te quedas solo con lo malo de la tele y nunca destacas lo bueno?”

Es que a ver: ¿Cómo puedes destacar algo bueno cuando la mayor parte de la televisión chilena post-farandulismo consiste solo en alargues innecesarios, repeticiones y contenidos vacíos? ¿Cómo puedes hacerlo cuando la mayor parte de la televisión de calidad, según nuestros cánones, está en los fines de semana o en los llamados “slots de la muerte”?

Por eso es doblemente importante que existan programas como los de Pancho Saavedra, Sol Leyton o las áreas culturales de Canal 13 y algunos espacios de CHV: Porque eso sí construye Chile. Es el Chile real, el Chile de las regiones, de los lugares apartados, de los que sufren, de los que viven a diario el drama de la desigualdad, de los que a diario combaten las inclemencias del tiempo o la fuerza de la naturaleza.

Cierto, hay tanto por hacer (como la Teletón en 1992). Falta un programa musical los fines de semana, sea de música chilena, internacional, lo que sea. Más presencia de programas familiares y los benditos estelares hechos por productoras de eventos (por eso también es importante que Alfredo Alonso, como le fue tan bien con el negocio de hacerle la parrilla a los festivales veraniegos, también sirva como mediador entre disqueras y canales). Sin embargo, hay que reconocer a quienes están esmerándose no solo por atender a las críticas, sino que a quienes entienden que si se sigue sobreexplotando un solo modelo de contenido, sea bueno o malo, va a pasar lo mismo que viene pasando desde 2012 a la fecha: La gente se va a aburrir.

Y con “Lugares que hablan” la gente no se aburre. Al contrario, es el programa de la familia chilena. Es el de la risa contagiosa y agradable. Es el que congrega a niños, jovenes y adultos, en torno al televisor y al espectáculo que ofrece nuestro país y su gente. Esa que espera que los canales hagan la pega y cumplan con su rol de informar, educar y entretener, y no obedecer a empresarios, patrones o políticos inescrupulosos.

Por último, con los resultados del sábado pasado, con el programa ganando en su horario, habrá que olvidarse de ese conformista argumento de “la gente pide cultura y no la ve”. Porque la gente está viendo cultura, y un modo distinto de hacerla, y no el concepto elitista que concibe gente como Cristian Warken. Un modo más cercano a la gente, honesto, sencillo, cálido y sobre todo barato de hacer. Y que además congrega a auspiciadores que no suelen anunciarse en la televisión actual y que volvieron porque encontraron en Pancho una forma efectiva, masiva y sin contrapeso de llegar a todos los públicos, por lo que es un triunfo doblemente importante de la buena televisión.